domingo, 29 de diciembre de 2013

Francisco- Sobre el Cielo y la Tierra

Las opiniones del nuevo Papa
Francisco I sobre la familia, la fe y
el papel de la Iglesia en el siglo XXI.
El Cardenal Jorge Mario Bergoglio,
desde el 13 de marzo de 2013 Papa
Francisco, y el Rabino Abraham
Skorka, rector del Seminario
Rabínico Latinoamericano, son dos
tenaces promotores del diálogo
interreligioso, a través del cual
buscan construir horizontes
comunes sin diluir las
particularidades que los
caracterizan. Sobre el cielo y la
tierra es el resultado de una serie
de profundas conversaciones que
mantuvieron de manera alternada
en la sede del Episcopado y en la
comunidad judía Benei Tikva. En
sus encuentros transitaron las más
variadas cuestiones teológicas y
terrenales. Dios, el
fundamentalismo, los ateos, la
muerte, el Holocausto, la
homosexualidad, el capitalismo, son
apenas un puñado de los temas en
los que dan a conocer sus opiniones
el nuevo líder de la Iglesia católica
y el prestigioso rabino Skorka.
Bergoglio - Skorka
Sobre el Cielo y
la Tierra
ePUB v2.1
BRPC 27.04.13
Título original: Sobre el Cielo y la Tierra
Bergoglio - Skorka, 2010
Editor original: BRPC (v1.0)
ePub base v2.1
EL DIÁLOGO COMO
EXPERIENCIA
por Abraham Skorka
«Y les dijo Dios…»[1] Es el primer
testimonio dialogal que hallamos en la
Biblia. La única criatura a la que se
dirige en tal sentido el Creador es el ser
humano. Del mismo relato del Génesis
resulta que el individuo se caracteriza
por su especial capacidad para
relacionarse con la naturaleza, con el
prójimo, consigo mismo y con Dios.
Los referidos vínculos que tiende el
hombre no conforman, por cierto,
compartimentos estancos e
independientes unos de otros. La
relación con la naturaleza nace a partir
de su observación y la íntima
elaboración de lo observado; con el
prójimo, a partir de las pasiones y las
experiencias vividas, y con Dios, a
partir de lo más profundo del ser,
nutrido por todas las anteriores y como
consecuencia del diálogo consigo
mismo.
El verdadero diálogo demanda tratar
de conocer y entender al interlocutor, y
marca la esencia de la existencia del
hombre pensante; como lo expresa —a
su manera— Ernesto Sabato en el
prólogo de Uno y el universo:[2] «Uno
se embarca hacia tierras lejanas, o busca
el conocimiento de hombres, o indaga la
naturaleza, o busca a Dios; después se
advierte que el fantasma que se
perseguía era Uno mismo»
En el diálogo con el prójimo, las
palabras son meros vehículos
comunicantes cuyo sentido no es
siempre el mismo, en ciertos aspectos,
aun para todos los miembros de una
sociedad que habla el mismo idioma.
Hay matices propios que cada uno les
otorga a muchos de los vocablos que
hacen al acervo idiomático. El diálogo
demanda para sus actores descubrirse
mutuamente.
«La vela de Dios es el alma del
hombre que revela todos los ámbitos de
las entrañas.»[3] Dialogar, en su sentido
más profundo, es acercar el alma de uno
a la del otro, a fin de revelar e iluminar
su interior.
En el momento en que se alcanza una
dimensión dialogal tal, uno se da cuenta
de las similitudes que comparte con el
otro. Las mismas problemáticas
existenciales, con sus demandas y sus
múltiples resoluciones. El alma de uno
se refleja en la del otro. Los hálitos
divinos que ambos poseen saben
entonces aunarse para conformar junto a
él una atadura que jamás flaqueará,
como está dicho: «La cuerda de tres
dobleces no ha de desmembrarse
rápidamente».[4]
Muchos fueron los momentos que
sirvieron de acercamiento y
conocimiento entre el cardenal
Bergoglio y yo, y que pavimentaron una
senda larga de encuentros con distintas
características y circunstancias.
Cierto día fijamos lugar y fecha para
sentarnos meramente a hablar. El tema
era la vida misma en sus múltiples
facetas: la sociedad argentina, la
problemática mundial, las expresiones
de vileza y grandeza que
presenciábamos en derredor. Dialogar
en la más absoluta intimidad, salvo la
presencia de Él, que aunque no lo
nombráramos asiduamente (¿acaso hacía
falta?) lo sentíamos siempre presente.
Los encuentros fueron repitiéndose,
cada uno con sus propios temas. Cierta
vez, fijado el encuentro en mi escritorio
en la comunidad, le fui comentando
acerca de ciertos documentos
enmarcados que adornan las paredes del
despacho. Me detuve en unas hojas
manuscritas del famoso pensador, el
rabino Abraham Joshua Heschel, y en
otros textos. Sin embargo, mi amigo se
detuvo en el mensaje de salutación que
había pronunciado en la sinagoga hacía
unos años, en ocasión del inicio de la
liturgia del año nuevo hebreo, que se
encontraba colgado junto al de Heschel.
Mientras acomodaba algunas cosas del
siempre desordenado ámbito, lo observé
parado frente a aquellas páginas
firmadas y datadas por él.
La intriga me embargó. ¿Qué habrá
pasado por su mente en aquel momento?
¿Qué tenía de peculiar ese gesto, más
que el de cuidar y mostrar un documento
que considero testimonio valioso en lo
que hace al diálogo interreligioso de
nuestro medio? No le pregunté. Hay
silencios, a veces, que guardan en sí un
dejo de respuesta.
Pasado un tiempo, fijamos nuestra
reunión en su escritorio, en el
Arzobispado. La conversación conllevó
a discutir acerca de la presencia del
sentimiento religioso en la poesía
hispanoamericana. Me dijo: «Tengo una
antología en dos tomos al respecto que
se la presto, aguarde que voy a la
biblioteca a buscarlos». Quedé en la
soledad de su pequeño estudio. Observé
el armario con las fotos que lo
acompañaban. Deben de ser seres muy
queridos y significativos para él,
reflexioné. Repentinamente distinguí
entre ellas, enmarcada, una foto que le
había regalado de un encuentro
compartido en el que nos habíamos
retratado juntos.
Quedé impactado, en silencio. Hallé
la respuesta de aquel otro.
En aquella reunión decidimos
componer este libro.
Si bien todo rabino durante su
formación pacta un compromiso
especial con Dios, pues como maestro
de la Ley adquiere el deber de ser
paradigma de ella más que cualquier
otro judío, una vez en funciones, se debe
a los hombres su compromiso con el
Creador. Al igual que los profetas, luego
de los momentos de elevación espiritual
en soledad, debe retornar a la gente y
enseñarle sobre la base de la
espiritualidad adquirida. Pues las
dimensiones espirituales alcanzadas
individualmente sólo adquieren sentido,
al decir de los relatos bíblicos, cuando
sirven para compartirlas con muchos.
Si bien es la palabra oral la que más
utilizan los rabinos, siempre subyace el
desafío de pulir los términos y
plasmarlos en escritos. Las palabras
pueden desdibujarse o tergiversarse en
el tiempo. Los conceptos escritos
permanecen, documentan y permiten que
muchos tengan acceso a ellos.
Con el cardenal Bergoglio me unen
estas dos enseñanzas. Siempre la
preocupación, y el tema central de
nuestras charlas, fue y es el individuo y
su problemática. Solemos anteponer la
espontaneidad oral a la estructuración
de lo escrito. Por lo cual, plasmar en un
libro la intimidad de nuestros diálogos
significó aunarnos con el prójimo,
quienquiera que fuese éste. Transformar
el diálogo en conversación con muchos,
desnudar las almas, aceptando todos los
riesgos que ello implica, pero
profundamente convencidos de que es la
única senda del conocimiento de lo
humano, aquella susceptible de
acercarnos a Dios.
EL FRONTISPICIO COMO
ESPEJO
por Jorge Bergoglio
El Rabino Abraham Skorka hizo
referencia, en un escrito, al frontispicio
de la Catedral Metropolitana que
representa el encuentro de José con sus
hermanos. Décadas de desencuentros
confluyen en ese abrazo. Hay llanto de
por medio y también una pregunta
entrañable: ¿aún vive mi padre? No sin
razón, en los tiempos de la organización
nacional, fue puesta allí esa imagen:
representaba el anhelo de reencuentro de
los argentinos. La escena apunta al
trabajo por instaurar una «cultura del
encuentro». Varias veces aludí a la
dificultad que los argentinos tenemos
para consolidar esa «cultura del
encuentro», más bien parece que nos
seducen la dispersión y los abismos que
la historia ha creado. Por momentos,
llegamos a identificarnos más con los
constructores de murallas que con los de
puentes. Faltan el abrazo, el llanto y la
pregunta por el padre, por el patrimonio,
por las raíces de la Patria. Hay carencia
de diálogo ¿Es verdad que los
argentinos no queremos dialogar? No lo
diría así. Más bien pienso que
sucumbimos víctimas de actitudes que
no nos permiten dialogar: la
prepotencia, no saber escuchar, la
crispación del lenguaje comunicativo, la
descalificación previa y tantas otras.
El diálogo nace de una actitud de
respeto hacia otra persona, de un
convencimiento de que el otro tiene algo
bueno que decir; supone hacer lugar en
nuestro corazón a su punto de vista, a su
opinión y a su propuesta. Dialogar
entraña una acogida cordial y no una
condena previa. Para dialogar hay que
saber bajar las defensas, abrir las
puertas de casa y ofrecer calidez
humana.
Son muchas las barreras que en lo
cotidiano impiden el diálogo: la
desinformación, el chisme, el prejuicio,
la difamación, la calumnia. Todas estas
realidades conforman cierto amarillismo
cultural que ahoga toda apertura hacia
los demás. Y así se traban el diálogo y
el encuentro.
Pero el frontispicio de la Catedral
todavía está allí, como una invitación.
Con el Rabino Skorka hemos podido
dialogar y nos ha hecho bien. No sé
cómo empezó nuestro diálogo, pero
puedo recordar que no hubo muros ni
reticencias. Su sencillez sin fingimiento
facilitó las cosas, incluso que le
preguntara, después de una derrota de
River, si ese día iba a cenar cazuela de
gallina.
Cuando me propuso publicar algunos
diálogos nuestros, el «sí» me salió
espontáneo. Reflexionando luego, en
soledad, la explicación de esta respuesta
tan rápida, pensé que se debía a nuestra
experiencia de diálogo durante bastante
tiempo, experiencia rica que consolidó
una amistad y que daría testimonio de
caminar juntos desde nuestras
identidades religiosas distintas.
Con Skorka no tuve que negociar
nunca mi identidad católica, así como él
no lo hizo con su identidad judía, y esto
no sólo por el respeto que nos tenemos
sino también porque así concebimos el
diálogo interreligioso. El desafío
consistió en caminar con respeto y
afecto, caminar en la presencia de Dios
y procurando ser irreprochables.
Este libro testimonia ese camino… a
Skorka lo considero hermano y amigo, y
creo que ambos, a lo largo de estas
reflexiones, no dejamos de mirar con los
ojos del corazón ese frontispicio de la
Catedral, tan decidor y promisorio.

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